Janet Marilyn Hernández

Orgullosa no, ¿y para qué? Mejor te lo digo de una y si me rebotas es tu problema, tú te lo pierdes. Tengo, como diría mi pana Rodrigo Blanco, “una larga fila de hombres” esperando por mí, botando la baba, tú sabes. Pero ese no es el punto, pues. Primero muerta que orgullosa. No, primero muerta que hipócrita. En serio, es bueno ser joven todavía. Es buena la inmadurez porque aún no he desarrollado el miedo al ridículo y porque todavía tengo alma y coraje suficientes para escribir estas vainas aunque tal vez me gane el castigo de un saludo negado en gmail. Créeme, en momentos de catarsis no mido ese tipo de consecuencias, sólo que tengo que decirlo, sí, no lo pienso, en serio, casi escritura automática: Me gustas, te quiero, me enamoré de ti y hay que decirlo aunque no sirva pa´un carajo… Ah, y guárdate tus frases paternales de “sé feliz y no me esperes”, porque funcionan menos que cenicero en moto, te lo juro, hasta son peores, porque desde que me la dijiste todos los días me acuerdo de olvidarte y lo que gano es recordarte más…

En serio, me importa un bledo que tengas una foto de tu perro revolcándose en la nieve. Tal vez no es tuyo, pero igual, y mejor aún, me importa un bledo que estés tan pegado en eso de estar allá que hasta perro tengas… Aunque me dolió, ¿sabes? Yo quería tener un hurón contigo. Digo un hurón porque un hijo es un asunto muy serio. Digo muy serio para ti, para mí no porque yo soy una Susanita en potencia. Digo Susanita porque ustedes los hombres no quieren hijos. Lo bueno de los hurones es que no hacen ruido, duermen mucho, muerden cosas, son felices… ¿Sabes? A mí me gustaría que tú y yo fuésemos hurones; así tú no querrías llegar a Hollywood y yo no querría seguirte a donde fuera, incluso si mañana bajo tu pelo caoba en tus canas se enredase la idea de vivir en Biafra. El punto es que si hubiésemos nacido hurones todo habría sido totalmente diferente... empezando por la monogamia, chico. Pero no somos hurones, somos gente, o eso intentamos…

¿Recuerdas cuando te hablé del clandestino? Sí, el mismo, aquel con el que habría podido quedarme atrapada en un suéter, asfixiada entre pelusas, viviendo la angustia con tanto dolor que pareciera placer… Y resultó que jamás lo acompañé en la aventura de vomitar conejitos y la cosa no pasó de una utopía… Cortázar estaba loco, por eso siempre he preferido a Benedetti. Como sea, no quiero otra charla literaria contigo. No quiero hablar de Chávez contigo. Y mucho menos quiero hablar de cine, tú sabes por qué. Lo más triste de todo esto es la sensación de haber llegado tarde, de llegar tarde siempre. Ni siquiera sé por qué me despecho ahora y menos, por qué me despecho en la oficina y por qué me despecho escuchando samba. Debe ser porque todo esto es problema mío, sólo mío. Lo otro triste es que no puedo convertirme en un hurón y, ¿sabes? Tú tampoco. Es lindo tu perro, es linda la nieve. Ojalá llegue pronto esa época chimba en que los chaguaramos de Caracas se cunden de gusanos y allá, donde tú estás, a los árboles les da alopecia. Ojalá te vuelva a ver. Te prometo que, si es tu voluntad, usaré los lentes de contacto color “amiga 50” para que no sientas que te estoy “comiendo con los ojos”, para que no haya acoso.

Y como lo mejor es que tú no leas esto, pero sería tonto engavetarlo o destruirlo y peor sería cambiarte el nombre, mejor no lo mando como cadena de correos. Mejor lo cuelgo en este blog, total, tú nunca lo revisas y, en caso de hacerlo, sé que entenderás todo pero no te darás por enterado. Eso me mantendrá en tensa paz, tan lejos del ápice de vergüenza que me daría que lo leyeras como del remordimiento de no haberlo compartido con aquellos a los que le importe, si es que a alguien le importa.