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La Coctelera

Vida Joven

¡Ponle lentes de humor a la vida!

24 Abril 2006

Apocalipsis emplumado

Tradicionalmente, la visión de un ave, salvo que fuese un gavilán, buitre o halcón, era símbolo de ingenuidad, representando lo hermoso y al mismo tiempo lo inofensivo… Algo ha cambiado

Janet Marilyn Hernández

Los pies se mueven velozmente alejándose de sus huellas. Sus pisadas, cual anunció venido desde el mismísimo infierno, se marcan en la arena dejando todo espacio signado por su apocalíptica presencia.

Él anda sin darse cuenta de que es el ser más temido. Sus escasas dimensiones contrastan con el miedo colosal que inspira en todos, quienes lo evitan de manera sistemática e incluso obsesiva. Él ignora los motivos de su repentina soledad. Él busca el contacto con quienes una vez fueron sus amos y un día habrían sido sus verdugos, pero ellos huyen, se le esconden, se refugian y aíslan de él.

Todos quieren acabarlo y ninguno halla la manera ideal para hacerlo. Todos temen que al matarlo abran, cual caja de Pandora, las entrañas malignas que signarán de muerte al pueblo entero. Piensan que quemarlo es la forma más segura y, sin embargo, se aterran al pensar que la muerte viaje entre cenizas y vuelva a la vida, resurgiendo como el Ave Fénix y acabando con todos a su paso.


Él emite un sonido que retumba acallando el escándalo presente en el lugar. Su tímido piar lo escuchan con tanta intensidad el diablo y Dios y, de inmediato, como una innegable profecía de exterminio, el silencio se apodera de cada rincón de la Tierra.

Todos lo observan con precaución pues dicen que el sólo verlo puede ocasionar el contagio, puede iniciar la destrucción, el fin de la raza humana. Lo ven sin que él vea que es visto y él, ingenuamente, sacude la cabeza y deja escapar una miserable pluma que viaja por los aires como emisaria del fin…

En el pueblo hace varios días que dejaron de vender cubitos y todo lo que tenga que ver con ellos, con los portadores del mal que acabará con la humanidad. Él ignora eso y también desconoce que ser tan temido es lo único que lo ha salvado de la muerte.

Todos se acuerdan de muchas cosas que en su vida predijeron el fin y que nunca fueron capaces de notar. Se acuerdan de cuántas veces lo invocaron traicionando a Dios, a la vida, a ellos mismos, cuando cantaban en el Kinder: “los pollitos dicen, ‘pío, pío, pío’, cuando tienen hambre, cuando tienen frío…”

Ahora la canción retumba en sus mentes como el sonido de la muerte, como la voz de la desgracia, como una carcajada del diablo y un lamento inconsolable de Dios… “los pollitos”, piensan mientras lo ven a él, tan aparentemente inofensivo, recogiendo piedritas con el pico y dejando sus diminutas huellas en la arena.


Otros piensan en las veces que, sin saberlo, estuvieron a punto de suicidarse: “yo tomé caldo de paticas cuando tuve dengue”, reflexionan mientras piden perdón al Ser Supremo por aquel intento involuntario de acabar con su existencia: “yo comía alitas todos los domingos”.

Él, mientras tanto, sigue su vida ingenua y feliz, su vida ignorante de la realidad, o tal vez mejor conocedora de ella que cualquier vida humana. Él da saltitos y corretea infantilmente mientras hace ese ruidito tierno que pone a temblar las rodillas de los hombres y no se inmuta por nada… bueno, por casi nada.

Y es que él se sobresalta cuando la comadre Delfina se saca la sandalia y le pega a Don Alberto. Ella le reclama su gran malicia y lo amenaza con denunciarlo por intento de homicidio:

-Tú, traidor, asesino… cuando estábamos en el colegio y éramos noviecitos me regalaste uno de esos para hacer que me enfermara y me muriera. Tú siempre me odiaste, tú siempre has querido deshacerte de mí, desgraciado…


Y seguía la pelea, pero todos, menos ellos, seguían concentrados en los pasos que daba él, en los ruidos que hacía él, en las plumas que botaba él. Todos rezándole a algún santo o algún ánima bendita. Todos pidiendo perdón por sus faltas y recopilando aquellas frases que siempre callaron aunque quisieron decir, igual que aquellas que a veces dijeron aunque querían callar. Él, entretanto, seguía picoteando piedritas y dejando sus diminutas huellas en la arena.

Así pasaron varios días de angustia. Días y noches enteras en que él actuaba como siempre y todos actuaban como nunca. Días y noches enteras hasta que pensaron que por gracia Divina él había desaparecido y el mal no los atacaría. Y es que Hernancito, el hijo de Remedios, llegó el domingo al lugar a visitar a su madrina, la señora Dolores, y en medio de su infantil inocencia y la inconsciencia que los niños tienen acerca del peligro, lo tomó por las alitas y se despidió de todos, llevándoselo a él, al pollito, al presunto y temido portador de gripe aviar, tibiecito y consentido, acurrucado en un bolsillo.

Tags: cuento, gripe, aviar

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Unidad biótica de la selva de concreto divagando entre la poesía, los cuentos y la crónica... Intentando ser un híbrido de escritora y periodista.

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