Janet Marilyn Hernández
El policía observa cada movimiento que haces. La calle desierta te brinda la oportunidad de un trabajo impecable. Las piernas te tiemblan un poco; no estás acostumbrado a que un policía te vea antes de trabajar. Estás acostumbrado a verlos tú y después de cumplir tu encomienda, no antes.
Sabes que ve en tu mirada el granizo carmín que recorre tus venas. Se asoma por tus ojos y escarba en tu conciencia descubriendo cientos de rostros que viste una sola vez; rostros que nunca te vieron pero sintieron tu malicia o, más bien, tu eficacia.
Hoy tu disfraz de sacerdote no parece muy convincente, pues contradice tu actitud de militar. Sabes que él, el policía, sospecha, sientes su respiración sobre tu rostro, a pesar que está parado a cien pasos de distancia.
El maletín casi se te resbala de las manos empapadas y la taquicardia aumenta cuando te acercas al edificio abandonado. Las palomas huyen de repente del campanario corroído y tú las ves como conocedoras de tu plan y al mismo tiempo ves la hora: 11:57am. Temes que le digan algo al policía.
Caminas y te falta la saliva. La boca seca te produce cierta sensación de asfixia. No es frecuente en ti estar en tales condiciones, pero este trabajo te ha mantenido nervioso desde que aceptaste hacerlo. Recuerdas el rostro de la foto y te imaginas el momento. Acabas de descubrir que es la primera vez que piensas en esas cosas. Disfrazarte de cura no era lo ideal.
Cruzas la plaza Bolívar y una ardilla salta de repente. Te asustas y dejas escapar un grito. “Marico”, piensas mientras sonríes de medio lado y sigues caminando.
Entras a la edificación. Encontrarte de frente con Jesucristo no es muy positivo cuando se va a lo que tú vas. Tratas de ignorar el rostro ensangrentado y el costado ahuecado. Tienes que mantener tu mente ocupada sólo en el objetivo.
La falda de flores se aproxima presurosa y los tacones se detienen justo cuando sientes que te halan la sotana:
-Perdón, padre, porque he pecado –te dijo-.
-Y sí que es un pecado detenerme ahora, vieja. El perdón es que no te vuele la tapa de los sesos, sino que te deje desaparecer de mi vista. Cuento tres y llevo dos, coño e´tu madre –dijiste-.
Ya casi es la hora.
Subes corriendo las escaleras de granito y luego unas de madera que crujen por tu peso. Mientras asciendes, sacas tu instrumento de trabajo y haces los ajustes pertinentes. Eficaz y limpio, el artefacto te da la rapidez y precisión necesaria para acertar en el blanco y escapar con cierta calma.
Te parapetas en el campanario y te das cuenta de que la visión es perfecta, tal como lo suponías. Un estruendo te sobresalta. Las campanas empiezan una dura batalla que indica que son las 12:00.
Es la hora.
Los dos tiburones negros dejan escuchar sus motores justo frente a las escalinatas de la plaza.
Llegaste a tiempo. Puntual como siempre.
Tu objetivo sale de una de las limosinas que acaban de estacionarse. Lo reconoces por la descripción: 1.87 metros, 90 kilos, pelo rizado y oscuro. Boina roja.
Para no fallar ajustas la mirilla y detallas la frente. Recuerdas la ironía de tu contratante:
-¿Cómo puedo saber que no es un doble, un señuelo? –preguntabas-.
-Para eso cobras bien caro y yo no debería decírtelo, pero si ajustas la piazo e´mirilla de tu rifle, podrás verle el detalle en la frente: una verruga asquerosa. Quiero que lo quemes justamente ahí. Ése es su corazón, su talón, su ombligo. Apuesto que si no le das ahí, el desgraciado no se muere –respondió-.
Una vez confirmado el blanco sientes que se despiertan los peces que guardas en las entrañas. Empiezan a moverse rápidamente y empiezas a sentirte cual jovencita enamorada, con ese miedillo dulce que provocan las cosas emocionantes.
Estás asustado, pero sabes que todo saldrá bien. De la única forma que te conoces es de esa: entrenado para acabar con quien sea. Nunca has fallado y hoy no será tu primera vez… ¿o sí? Dejas de sentir aquel cosquilleo inocente y notas que tu vejiga te traiciona. Te incomoda sentir la humedad que baja rápidamente de tus pantalones a tus medias y te empoza los zapatos.
Ves a los guardaespaldas desplegados por toda la plaza y piensas en lo inútil que resulta gastar dinero en ellos, si un blanco es blanco siempre, aunque lo rodeen mil gorilas. Sacas la única bala que tienes en el maletín y cargas tu arma. Recuerdas tu regla de oro: “una bala; un muerto”.
Haces esfuerzos sobrehumanos para relajarte. Sigues con cautela los movimientos de tu víctima. Tratas de ponerle un toque de humor sádico a tu desempeño, por lo que esperas a tenerlo de frente para darle justo en la verruga, como decía tu contratante.
De pronto, una avalancha de pensamientos te traiciona. “Maldita sotana”, piensas mientras intentas deshacerte de los remordimientos que te rondan: los que siempre viste como “objetivos” en realidad han sido personas. Recuerdas que te dieron un bono esta vez, porque en tus recorridos por todo el mundo has cosechado 910 éxitos.
El de hoy será cabalístico. 911… el número de emergencias más reconocido del mundo. 9 y 11, el día y mes de tu cumpleaños, respectivamente. 9/11, la ponderación que has alcanzado en tantos años de servicio. 9:11 la hora en que saliste de la pensión donde pasaste la noche.
Ves al hombre de la boina acercándose al podio desde el cual hablará, y en el cual lo matarás. Quieres que empiece a hablar para que salga en televisión el momento en que lo elimines. Ves el reloj: 12:02.
Tu rifle está perfectamente apuntado. Para calmar el eco de tu conciencia piensas que él estaba muerto desde el momento en que alguien ofreció pagar por matarlo. No es tu culpa. Tú sólo trabajas como lo hace aquel heladero o el buhonero de esa esquina.
De inmediato el disparo silenciado te retumba en los oídos. Dejas caer el rifle y sientes la sangre en tu boca. La saboreas y ves como la plaza Bolívar se mueve ante tus ojos…
Te tranquilizas recordando que el instante que el objetivo tarda en desplomarse siempre te parece eterno, pero no por eso dejas de impresionarte con lo que borrosamente observas: él sigue de pie, en el podio, hablándole a la gente.
Sientes un escalofrío recorriendo tu espalda, llegando a tu garganta. Ves el rojo a borbotones sobre el muro de cemento donde apoyabas el arma. Antes de desplomarte ves una sombra negra que se mueve en la ventana de enfrente. Era tu colega y tú su objetivo, y lo último que escuchas son las llamas crepitantes del infierno y la voz de un guardia presidencial:
-Intento de magnicidio. Viste traje de sacerdote. Positivo: está muerto.
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