Eso que llamamos “telenovela” (Parte I)
Estamos acostumbrados a ver historias televisadas acerca de muchachas ingenuas que conocen el amor de hombres santos que suelen parecer villanos. Hoy veremos los elementos básicos de una novela venezolana
Janet Marilyn Hernández
Ya estamos hasta la coronilla de novelas mexicanas. Ya basta de Thalía con la cara embarrada haciendo el papel de pobre y de Fernando Colunga pasando de demonio a ángel. Ya también fue suficiente de La esclava Isaura y El clon. Ahora tenemos que agarrar una ponchera enorme y lanzar todos los elementos que hacen falta para producir una súper novela venezolana.
Entre disfraces te veas
Lo primero que necesitamos es un disfraz de algo para tenerle miedo: de novia, de pajarraco, de cura, de lo que sea… en nuestras novelas hace falta un asesino que nadie sepa quién es y que a lo largo de la trama se vaya “echando al pico” a cada integrante del elenco, en orden no predeterminado, sino obedeciendo a lo chimbo que se vaya poniendo su personaje dentro de la trama.

Es de vital importancia que los guionistas se las ingenien para que todos los personajes sean sospechosos. Además, la novela debe estar ambientada en un monasterio, una selva intrincada o el Mercado La Hoyada; es decir, cualquier lugar dotado de un sinfín de recovecos y tarantines donde el matón pueda esconderse cada vez que cometa un crimen y estén a punto de atraparlo. Dichos espacios deberán desaparecer en el capítulo final, a fin de que el criminal disfrazado quede sin posibilidad de esconderse y ¡por fin! Sea descubierto.
Amor fatal
Otro elemento infaltable en la novela venezolana, es un tipo obsesionado con la protagonista. Este es un personaje imprescindible pues, aunque no obligatoriamente debe fungir de contrafigura, será decisivo en la trama, ya que a él se dará la responsabilidad de secuestrar, narcotizar y enconchar a la protagonista durante unos 7mil capítulos.

Cabe destacar que este personaje no dará muestras de demencia ante el resto del elenco, sólo ante su víctima y que, además, tendrá un vínculo especial con ella, de manera que nadie, absolutamente nadie, sospeche de él. Bien puede tratarse del padrino de la joven, su tío predilecto, su maestro de toda la vida o el cura del pueblo, opción esta última, que sería favorable para facilitar la trama, ya que por regla general la rehén debería estar oculta en la capilla, de donde la rescataría el protagonista casi al final de la novela, cuando resten sólo las escenas necesarias para tener hijos, casarse y vivir felices.
Reloj, detén tu camino…
Algo que no puede faltar para que la novela sea lo máximo es una maquinita para manejar el tiempo de forma sumamente enrevesada y mostrando la omnipotencia de sus creadores.
El instrumento en cuestión se debe usar de la siguiente manera: las escenas de sexo, donde los protagonistas salen desnudos, por ser las que más venden, las que más atrapan al mundo, correrán en proporción de tres horas de lujuria en la novela por cada hora de las que se ocuparían en la realidad. De este modo se aseguran unos 50 capítulos del viaje furtivo del galán y su amada a esa paradisíaca isla nipona que es Macuto (¿?)

Por el contrario, en caso de notarse bajas en la audiencia en esas partes de la historia que se hacen tediosas: entiéndase secuestros, desapariciones, embarazos, vaguadas y afines; se procederá haciendo correr el tiempo de forma vertiginosa o, como diríamos comúnmente, “esmachetada”, todo con el propósito de salir rápido del hueco en que se haya estancado la trama. Esta maravilla se consumará con el clásico letrero: “78 años después”.
Algo que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer que el tiempo avance demasiado, pues ello implicaría un arduo trabajo de caracterización para envejecer al elenco, y alteraciones en los capítulos siguientes: por ejemplo, tocaría eliminar las escenas de sexo entre los protagonistas debido a razones de biología y lógica simple dado que, con más de 78 años encima, ningún hombre, aunque sea el galán de moda, respondería al acostumbrado maratón de 50 capítulos que ocupan estas escenas.
