Las torres de arepa
Como exaltación de la ciudad capital de Venezuela, dos torres igualitas adornan el paisaje. Están demasiado estropeadas, pero con todo y eso podemos sentirnos a la altura de cualquier otra urbe del orbe
Janet Marilyn Hernández
Un jueves cualquiera, a eso de las 10am, los pies enfundados en negro patente se desplazan por Tajamar. Los castaños ojos se detienen un instante a mirar las filtraciones que como ramas de un frondoso árbol nacen en el techo, se enroscan en algunas tuberías y cables expuestos y continúan su camino por las paredes, hasta que parecen morir en algún punto inusitado del suelo, donde un rayo de sol o una lengua de perro elimina el agua caída. La boca fumando habano sigue su recorrido cotidiano y ya va por Caroata.
Los ascensores no funcionan y si lo hicieran, el impacto de su ascenso mediante las obsoletas guayas ocasionaría un vértigo casi insoportable. Cada día hay menos vitrinas que detallar y más indigentes por conocer, pero ¿qué importa? Así ha sido siempre. Así es y será la evolución estática de las torres de Parque Central, sumidas en la sarna de los perros que la habitan porque aún confían en que no se van a desplomar.
El día que a la torre Oeste se le chamuscó el copete, a todos nos entró un aire patriótico y un inusitado regionalismo estilo maracucho invadió a cada caraqueño:
-Es que no puede ser… las torres son un patrimonio histórico, guardan nuestras memorias, son nuestro emblema. No nos podemos quedar sin nuestras torres gemelas… ¡Ni de vaina! –decían muchos-.

Sí, sí, sí… serán patrimonio histórico y todo, pero ¿y? Hoy por hoy, a más de un año de que las oficinas del Minfra se volvieran carbón debido a aquel voraz incendio lo único novedoso en las torres o, mejor dicho, en la torre que se quemó, son unas cuantas grúas que nos dan la esperanza de que trabajos de restauración se estén realizando para devolvernos la estructura en óptimas condiciones.
Y mientras eso ocurre, a su vecina y hermana idéntica se la come el agua que cae del techo, los cables que penden cual lianas amenazando con producir otro siniestro, los indigentes y malhechores que espantan a los transeúntes y convierten la obra arquitectónica en una zona roja, y unos cuantos vigilantes de utilidad dudosa.
¿Y nosotros? Pues nada, nos toca conformarnos con lo que tenemos y ¿por qué no verle el lado bueno al asunto? Mal que bien, las torres todavía están de pie, así que siguen metiendo la coba de la modernización y todo eso que orondamente se dice cuando se le regala una postal de Caracas a alguien que no la conoce.
Además, deberíamos dejar de ser tan exigentes y considerar las deficiencias de las torres de Parque Central como características únicas capaces de identificarnos en el resto del mundo.
Podríamos fijarnos de los italianos: ellos llevan siglos, desde el año 1173, lidiando con una torre que se les pandea un poco más cada año y que ni los más prodigiosos arquitectos han podido enderezar. Con todo y su innegable defecto, la llaman con orgullo la Torre de Pisa… y si ellos tienen una torre que es de "pizza"… ¿las de Parque Central no pueden ser torres de arepa?

Ulises_king dijo
Me gusto mucho tu blog, el articulo me parecio muy interesante.
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18 Abril 2006 | 12:55 AM