Janet Marilyn Hernández

El día que me caí del autobús, viendo la indolencia del chofer que arrancó sin mirar atrás, sin importarle si se me habían roto los dientes; entendí lo que había dicho Hermes la noche anterior: “muchos traspiés, giros rápidos, gastos repentinos. Zancadilla. Trata de pisar con firmeza”.

Aunque al escucharlo pensé que se trataba de alguien serruchándome el puesto de trabajo, una bicha queriéndome quitar el novio, o la tentación invencible de ver unos zapatos en oferta y comprarlos sin recordar que el dinero en mi cartera era para saldar un “mono” con el estilista; después de caerme “espatillada” del autobús, mientras veía mi pantalón roto y un fino hilo de sangre en mi rodilla, supe que Hermes habló literalmente: me caería, por un traspié, zancadilla, o pisada sin firmeza, dando un giro rápido que me haría llegar al suelo, y tendría un gasto médico inesperado.

Revisé mis zapatos, pensando que un tacón roto habría sido la causa de mi resbalón, pero todo estaba en orden. Entonces, recordé todo lo que había leído de Cohelo, Fisher, Maytte y cuanto autor de libros de autoayuda habían pasado por mis manos: todo era una decisión magnánima del Universo.

Y es que, sin vergüenza alguna, me reconozco cobarde, devoradora de literatura comeflor, armando analogías como rompecabezas: soy un ratón despojado de su queso, víctima de una perversa vaca, causal de todos los males del mundo; soy una versión de robocop, pero con armadura corroída; y por si eso fuera poco, soy especialista en mondongo, pabellón, minestrone y sobrebarriga, no para el estómago, sino para el alma.

Eso me llevó a una conclusión rápida y decisiva, mientras yacía tirada en el pavimento, ante la mirada atónita, y a veces burlesca, de los transeúntes: sin duda alguna, los libros de autoayuda son el mejor estímulo para los "yo no fui" que necesitamos echarle a otro la culpa de nuestras marramucias y para todos aquellos que estoicamente nos empeñamos en pensar que todo está escrito con tinta cósmica en las intrincadas llanuras del Universo, por cuyo poder magnánimo las "barraganas" no nos roban el marido, sino un queso; uno no pierde el trabajo por vago, sino que deja oxidar la armadura; las mujeres no somos cuaimas, sino "venucinas" y los hombres, en vez de mujeriegos, son "marcianos".

Eso sin contar a quien está convencido de que manejar a las tres de la mañana, a 2 mil Kilómetros por hora, después de haberse bajado tres botellas de anís, dos de guarapita y cuatro de “güisqui” barato, no fue la causa del tremendo choque que tuvo en la avenida, cuando el carro que conducía terminó clavado en un poste dejando sin luz a una urbanización entera. Para él, la causa de la colisión fue un mamífero rumiante de grandes dimensiones; una res lenta y adicta al pasto, que en represalia por toda la leche que el piloto borracho le había robado en su vida y vengando la muerte de sus compañeros de rebaño, célebres por haber sido convertidos en exquisitos bistecks se enfiló a empujar el carro usando una fuerza sobrenatural e invisible. Hay quien incluso dice haberla visto y no duda en decir a las autoridades: “la culpa es de la vaca”.

Sabrá Dios si lo suyo es locura o una alucinación etílica de alguien que, desesperadamente, en vez de pedir ayuda, decidió “autoayudarse”.