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La Coctelera

Categoría: Cosas que pasan...

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Eso que llamamos “telenovela” (Parte II)

Estamos acostumbrados a ver historias televisadas acerca de muchachas ingenuas que conocen el amor de hombres santos que suelen parecer villanos. Hoy veremos más de los elementos básicos de una novela venezolana
Janet Marilyn Hernández

En la edición anterior enunciamos los elementos básicos para crear una telenovela venezolana que pueda resultar exitosa, prodigio casi mítico en la actualidad. Hoy, abordaremos otros aspectos que deben rondar una producción dramática nacional para que ésta alcance un nivel de audiencia menos vergonzoso del común.

Secretos de familia

Es de carácter imprescindible que la novela encierre un misterio, aparte del asesino disfrazado, claro está. Dicho secreto debe ser de gran envergadura, como para cambiar el destino de la protagonista.

Puede tratarse del verdadero progenitor del protagonista, que no sea el que todos creen y que a mitad de novela se descubre padre de la protagonista, de modo que ellos crean durante unos 8mil capítulos que son hermanos y al final el embuste se desmienta.


También puede consistir en que la protagonista sea la heredera de la gran fortuna que su rival cree suya y por medio de la cual la ha aplastado cual cucaracha durante toda unos 12mil capítulos.

Otro posible secreto de familia es que “el niño de la casa” al que la protagonista sirve de cachifa y con quien se lleva muy bien, en realidad es el hijo que le robaron en uno de los 80 capítulos en que estuvo desmemoriada y/o ciega y paralítica.

Séquito de defensores

Debido a la extrema bondad de la cual dotaremos a nuestra protagonista, es absolutamente necesario que ella cuente con muchos enemigos, pero también con una partida de defensores de su causa, aunque ella no tenga causa alguna.

Debe tener por lo menos una amiga vieja que le sirva de confidente. Ésta puede ser una tía, abuela, madrina, patrona o compañera en su trabajo de sirvienta.


Además, es necesario que cuente con dos o tres enamorados incondicionales, aparte del protagonista y el loco que se obsesiona con ella y la encierra en un rancho del 23 de Enero durante unos 90 episodios de la novela.

Si queremos que la novela sea aún más exitosa, uno de los villanos debe convertirse y creer en el Evangelio, aunque sea en el de Judas, y abandonar su rol de verdugo de la protagonista, para convertirse en su aliado. Si es del sexo masculino la razón debe ser que se enamore de ella; si es de sexo femenino las razones son más diversas: o descubre que es su mamá, o se solidariza ante la condición de mujer de la muchacha, o simplemente se conmueve… total, las mujeres somos así en la vida real, así que no será difícil atribuir el cambio de intenciones a un simple antojo femenino.

Representante del “Chuderecodeda”

Entiéndase como “Chuderecodeda” al Centro Humano de Recolección de Datos, que en la novela debe contar por lo menos con un representante. Este personaje, preferiblemente, debe ser mujer y será quien conozca todos los secretos en torno a los cuales gire la trama.


Con este personaje hay dos opciones: bien que sea excesivamente agazapado y por ello no revele ninguno de los secretos que conoce –ver sección “Secretos de familia”- o que justo cuando decide contar toda la verdad le de un “yeyo” que lo saque de circulación y alargue la misteriosa situación de los personajes por unos 789 capítulos más.

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Eso que llamamos “telenovela” (Parte I)

Estamos acostumbrados a ver historias televisadas acerca de muchachas ingenuas que conocen el amor de hombres santos que suelen parecer villanos. Hoy veremos los elementos básicos de una novela venezolana
Janet Marilyn Hernández
Ya estamos hasta la coronilla de novelas mexicanas. Ya basta de Thalía con la cara embarrada haciendo el papel de pobre y de Fernando Colunga pasando de demonio a ángel. Ya también fue suficiente de La esclava Isaura y El clon. Ahora tenemos que agarrar una ponchera enorme y lanzar todos los elementos que hacen falta para producir una súper novela venezolana.

Entre disfraces te veas
Lo primero que necesitamos es un disfraz de algo para tenerle miedo: de novia, de pajarraco, de cura, de lo que sea… en nuestras novelas hace falta un asesino que nadie sepa quién es y que a lo largo de la trama se vaya “echando al pico” a cada integrante del elenco, en orden no predeterminado, sino obedeciendo a lo chimbo que se vaya poniendo su personaje dentro de la trama.


Es de vital importancia que los guionistas se las ingenien para que todos los personajes sean sospechosos. Además, la novela debe estar ambientada en un monasterio, una selva intrincada o el Mercado La Hoyada; es decir, cualquier lugar dotado de un sinfín de recovecos y tarantines donde el matón pueda esconderse cada vez que cometa un crimen y estén a punto de atraparlo. Dichos espacios deberán desaparecer en el capítulo final, a fin de que el criminal disfrazado quede sin posibilidad de esconderse y ¡por fin! Sea descubierto.

Amor fatal
Otro elemento infaltable en la novela venezolana, es un tipo obsesionado con la protagonista. Este es un personaje imprescindible pues, aunque no obligatoriamente debe fungir de contrafigura, será decisivo en la trama, ya que a él se dará la responsabilidad de secuestrar, narcotizar y enconchar a la protagonista durante unos 7mil capítulos.


Cabe destacar que este personaje no dará muestras de demencia ante el resto del elenco, sólo ante su víctima y que, además, tendrá un vínculo especial con ella, de manera que nadie, absolutamente nadie, sospeche de él. Bien puede tratarse del padrino de la joven, su tío predilecto, su maestro de toda la vida o el cura del pueblo, opción esta última, que sería favorable para facilitar la trama, ya que por regla general la rehén debería estar oculta en la capilla, de donde la rescataría el protagonista casi al final de la novela, cuando resten sólo las escenas necesarias para tener hijos, casarse y vivir felices.

Reloj, detén tu camino…
Algo que no puede faltar para que la novela sea lo máximo es una maquinita para manejar el tiempo de forma sumamente enrevesada y mostrando la omnipotencia de sus creadores.

El instrumento en cuestión se debe usar de la siguiente manera: las escenas de sexo, donde los protagonistas salen desnudos, por ser las que más venden, las que más atrapan al mundo, correrán en proporción de tres horas de lujuria en la novela por cada hora de las que se ocuparían en la realidad. De este modo se aseguran unos 50 capítulos del viaje furtivo del galán y su amada a esa paradisíaca isla nipona que es Macuto (¿?)


Por el contrario, en caso de notarse bajas en la audiencia en esas partes de la historia que se hacen tediosas: entiéndase secuestros, desapariciones, embarazos, vaguadas y afines; se procederá haciendo correr el tiempo de forma vertiginosa o, como diríamos comúnmente, “esmachetada”, todo con el propósito de salir rápido del hueco en que se haya estancado la trama. Esta maravilla se consumará con el clásico letrero: “78 años después”.

Algo que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer que el tiempo avance demasiado, pues ello implicaría un arduo trabajo de caracterización para envejecer al elenco, y alteraciones en los capítulos siguientes: por ejemplo, tocaría eliminar las escenas de sexo entre los protagonistas debido a razones de biología y lógica simple dado que, con más de 78 años encima, ningún hombre, aunque sea el galán de moda, respondería al acostumbrado maratón de 50 capítulos que ocupan estas escenas.

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Las torres de arepa

Como exaltación de la ciudad capital de Venezuela, dos torres igualitas adornan el paisaje. Están demasiado estropeadas, pero con todo y eso podemos sentirnos a la altura de cualquier otra urbe del orbe

Janet Marilyn Hernández

Un jueves cualquiera, a eso de las 10am, los pies enfundados en negro patente se desplazan por Tajamar. Los castaños ojos se detienen un instante a mirar las filtraciones que como ramas de un frondoso árbol nacen en el techo, se enroscan en algunas tuberías y cables expuestos y continúan su camino por las paredes, hasta que parecen morir en algún punto inusitado del suelo, donde un rayo de sol o una lengua de perro elimina el agua caída. La boca fumando habano sigue su recorrido cotidiano y ya va por Caroata.

Los ascensores no funcionan y si lo hicieran, el impacto de su ascenso mediante las obsoletas guayas ocasionaría un vértigo casi insoportable. Cada día hay menos vitrinas que detallar y más indigentes por conocer, pero ¿qué importa? Así ha sido siempre. Así es y será la evolución estática de las torres de Parque Central, sumidas en la sarna de los perros que la habitan porque aún confían en que no se van a desplomar.

El día que a la torre Oeste se le chamuscó el copete, a todos nos entró un aire patriótico y un inusitado regionalismo estilo maracucho invadió a cada caraqueño:

-Es que no puede ser… las torres son un patrimonio histórico, guardan nuestras memorias, son nuestro emblema. No nos podemos quedar sin nuestras torres gemelas… ¡Ni de vaina! –decían muchos-.

Sí, sí, sí… serán patrimonio histórico y todo, pero ¿y? Hoy por hoy, a más de un año de que las oficinas del Minfra se volvieran carbón debido a aquel voraz incendio lo único novedoso en las torres o, mejor dicho, en la torre que se quemó, son unas cuantas grúas que nos dan la esperanza de que trabajos de restauración se estén realizando para devolvernos la estructura en óptimas condiciones.

Y mientras eso ocurre, a su vecina y hermana idéntica se la come el agua que cae del techo, los cables que penden cual lianas amenazando con producir otro siniestro, los indigentes y malhechores que espantan a los transeúntes y convierten la obra arquitectónica en una zona roja, y unos cuantos vigilantes de utilidad dudosa.

¿Y nosotros? Pues nada, nos toca conformarnos con lo que tenemos y ¿por qué no verle el lado bueno al asunto? Mal que bien, las torres todavía están de pie, así que siguen metiendo la coba de la modernización y todo eso que orondamente se dice cuando se le regala una postal de Caracas a alguien que no la conoce.

Además, deberíamos dejar de ser tan exigentes y considerar las deficiencias de las torres de Parque Central como características únicas capaces de identificarnos en el resto del mundo.

Podríamos fijarnos de los italianos: ellos llevan siglos, desde el año 1173, lidiando con una torre que se les pandea un poco más cada año y que ni los más prodigiosos arquitectos han podido enderezar. Con todo y su innegable defecto, la llaman con orgullo la Torre de Pisa… y si ellos tienen una torre que es de "pizza"… ¿las de Parque Central no pueden ser torres de arepa?

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Decidió “autoayudarse”

Janet Marilyn Hernández

El día que me caí del autobús, viendo la indolencia del chofer que arrancó sin mirar atrás, sin importarle si se me habían roto los dientes; entendí lo que había dicho Hermes la noche anterior: “muchos traspiés, giros rápidos, gastos repentinos. Zancadilla. Trata de pisar con firmeza”.

Aunque al escucharlo pensé que se trataba de alguien serruchándome el puesto de trabajo, una bicha queriéndome quitar el novio, o la tentación invencible de ver unos zapatos en oferta y comprarlos sin recordar que el dinero en mi cartera era para saldar un “mono” con el estilista; después de caerme “espatillada” del autobús, mientras veía mi pantalón roto y un fino hilo de sangre en mi rodilla, supe que Hermes habló literalmente: me caería, por un traspié, zancadilla, o pisada sin firmeza, dando un giro rápido que me haría llegar al suelo, y tendría un gasto médico inesperado.

Revisé mis zapatos, pensando que un tacón roto habría sido la causa de mi resbalón, pero todo estaba en orden. Entonces, recordé todo lo que había leído de Cohelo, Fisher, Maytte y cuanto autor de libros de autoayuda habían pasado por mis manos: todo era una decisión magnánima del Universo.

Y es que, sin vergüenza alguna, me reconozco cobarde, devoradora de literatura comeflor, armando analogías como rompecabezas: soy un ratón despojado de su queso, víctima de una perversa vaca, causal de todos los males del mundo; soy una versión de robocop, pero con armadura corroída; y por si eso fuera poco, soy especialista en mondongo, pabellón, minestrone y sobrebarriga, no para el estómago, sino para el alma.

Eso me llevó a una conclusión rápida y decisiva, mientras yacía tirada en el pavimento, ante la mirada atónita, y a veces burlesca, de los transeúntes: sin duda alguna, los libros de autoayuda son el mejor estímulo para los "yo no fui" que necesitamos echarle a otro la culpa de nuestras marramucias y para todos aquellos que estoicamente nos empeñamos en pensar que todo está escrito con tinta cósmica en las intrincadas llanuras del Universo, por cuyo poder magnánimo las "barraganas" no nos roban el marido, sino un queso; uno no pierde el trabajo por vago, sino que deja oxidar la armadura; las mujeres no somos cuaimas, sino "venucinas" y los hombres, en vez de mujeriegos, son "marcianos".

Eso sin contar a quien está convencido de que manejar a las tres de la mañana, a 2 mil Kilómetros por hora, después de haberse bajado tres botellas de anís, dos de guarapita y cuatro de “güisqui” barato, no fue la causa del tremendo choque que tuvo en la avenida, cuando el carro que conducía terminó clavado en un poste dejando sin luz a una urbanización entera. Para él, la causa de la colisión fue un mamífero rumiante de grandes dimensiones; una res lenta y adicta al pasto, que en represalia por toda la leche que el piloto borracho le había robado en su vida y vengando la muerte de sus compañeros de rebaño, célebres por haber sido convertidos en exquisitos bistecks se enfiló a empujar el carro usando una fuerza sobrenatural e invisible. Hay quien incluso dice haberla visto y no duda en decir a las autoridades: “la culpa es de la vaca”.

Sabrá Dios si lo suyo es locura o una alucinación etílica de alguien que, desesperadamente, en vez de pedir ayuda, decidió “autoayudarse”.

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La vida es una fritanga

Janet Marilyn Hernández

Reconozco que en mi vida no ha habido episodio más feliz que un atracón de cochino frito en la calle, en medio de mucha gente, cuando el humo de la fritanga compite con el smog y los transeúntes me miran de reojo, como con envidia por mi disfrute y, en ocasiones, alguno se atreve a decir entre dientes y con cara de asco “¡qué cerda!”.

Pero mi felicidad se agota cuando debo ir a una tienda a comprarme un trapo cualquiera. Entonces pido una pantaleta sexy, de las que salen en los catálogos y se ven chiquiticas en el cuerpo de la modelo, y cuando le digo la talla a la vendedora, me pela los ojos al estilo de Los Simpson y suelta un burlesco “déjeme ver si hay”.

Y más infeliz soy cuando sí hay, pues veo venir a la mujer con lo que parece la versión en encaje de las cortinas del Teresa Carreño y que puesta en mí es una mínima pieza.

La gordura ha sido bendita para mí, porque la asocian con simpatía, y siempre me tildan de alegre, aunque ande con la cara como si me estuviese chupando una alcaparra. Pero también ha sido condenatoria, desde los tiempos de las fiestas de fin de curso cuando todos los galanes, por gigantes que parecieran, resultaban enanos a mi lado y todo el mundo creía, al verme de espaldas, que bailaba sola.

Y así, buscando resolver el conflicto de mi voluminosa existencia, me inscribí en un gimnasio y me metí en cuanto plan reductor salió en televisión. Y todo empeoró.

Parecía una vaca escapada de un circo e infiltrada en un salón de mujeres bellas. Ellas usaban las máquinas y parecían odaliscas sudando en el desierto. Yo usaba las máquinas y parecía un cochino sudando en una olla, mientras me sancochaban para comerme en la cena de Año Nuevo.

Con los días ellas progresaban y se veían hermosas, yo seguía igual. Cuando usaba el gel reductor en la lipa, lucía como enmantequillada para luego meterme al horno, digo, al sauna.

Así pasa mi vida de gorda y así han sido mis intentos de estar flaca. Viendo todo eso, analizando los pormenores de mi mofletuda existencia, he decidido seguir mi repolluda vida dándome gusto, haciendo de mis días los más grasientos y deliciosos, arrimada a alguna fritanga, hartándome de morcillas.

He decidido dejar de soñar con un Mister Venezuela para emprender la búsqueda de un gordo que convierta nuestras noches de amor en un combate de sumo.

Decidí seguir comprando pantaletas que parezcan las cortinas del Teresa Carreño, vestidos más grandes que la Ciudad Universitaria entera, cinturones más amplios que El Ecuador y medias del tamaño de un sleeping.

Ahora cantaré canciones de Soledad Bravo, Luciano Pavarotti, y sobre todo, las de Mermelada Bunch, en especial la que tienen pegada y habla de las gordas.

Seré gorda y mi robusta realidad será mi orgullo. En vez de un jugo natural, en la mañana tomaré mondongo. En vez de una fruta a media mañana, me comeré un heladote de chocolate. Ya no más pollo a la plancha; ahora comeré chinchurria. Ya no más ensalada de vegetales; ahora acompañaré cada comida con cuatro arepas.

Me dedicaré a ser feliz por completo: dame otra ración de cochino frito… y tú, ¿qué me ves? ¿Te parezco una cerda? Pues sí, lo soy. Deja la envidia y convéncete de que ser un huacal de huesos no te servirá de nada porque, amiga, la vida es una fritanga.

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La peluquería de la información

No hay nada peor que ver cómo un oficio serio se convierte en moda. No hay nada peor que ver cómo las aptitudes necesarias para ejercer una carrera se reducen a un 36B y una madeja de pestañas postizas

Janet Marilyn Hernández
Seguramente Carmelo, el dueño de las peluquerías, saltó de alegría al ver la gran cola de aspirantes a entrar a la Escuela de Comunicación Social, el día de la Prueba Interna.

Aún así, su júbilo no superó al de Luisa Lucchi el día de la inscripción de los admitidos, pues habrá visto su futuro más resuelto de lo que ya está, al imaginar la cantidad de tacones que venderá en los próximos años.

Y es que el papel de los medios de comunicación, sobre todo de los audiovisuales, al definirse a sí mismos en los últimos años ha sido, por decirlo dentro de su misma tónica, coqueto.

Sin embargo, la realidad es otra: más allá de los litros de laca y los huacales de pestañas postizas, el ejercicio del periodismo se ha convertido en una verdadera odisea; se trata de de informar sin salir abollado en el intento.

Claro que, la fantasía televisiva nos sumerge en algo completamente diferente, haciendo que la que El Gabo definiera como la profesión más hermosa del mundo, pase a ser, más bien, la profesión de las hermosas del mundo.


De esta manera, el auge de la carrera de Comunicación Social, obedece, en parte, a la revalorización del oficio dadas las condiciones políticas que ya conocemos y no vienen al caso, y en otro aspecto, a la necesidad imperante de que las tetas plásticas financiadas por Osmel, no queden sin uso después que sus muchachas no logren empotrarse en la cabeza, ni siquiera la corona de una feria patronal.

No obstante, sería despiadado decir que la legendaria riña entre belleza e inteligencia es imposible de resolver. Es mejor armarnos de optimismo y asumir que, por ser el intelecto y la hermosura valores inversamente proporcionales, las misses del noticiero algún día se volverán feas.

Y es que sólo valiéndonos de esta expectativa podemos no caer en la desesperanza y resignarnos a ver tres emisiones de un informativo cualquiera, donde las reporteras cuiden, en vez de sus palabras, su peinado; y donde entre un bloque y otro, una inmensa uña acrílica señale “la sexta bolita” del Kino.

Por el contrario, podremos aspirar a tener verdaderos periodistas, conscientes de su misión de informar y educar a la colectividad. Podremos esperar que la Comunicación Social deje de ser la carrera de las misses venidas a menos, y de los modelitos que han fracasado como actores, para dar paso a un ejército de hombres y mujeres capaces de comprender que viven en la sociedad y no en la peluquería de la información.

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Pa´que otro vaya a ver a Mickey

El sueño americano nos invade a todos en algún momento de nuestra vida. La ilusión de probar suerte en el país del águila no debe superar nuestro orgullo nacional

Janet Marilyn Hernández

Hoy esta servidora amaneció muy reflexiva. Y es que la amistad con el Portu del abasto y la paciencia para soportar su otoñal echadera de perros tenía que servirme de algo. Y me sirvió. Ahora tengo más de una docena de cajas desarmadas que en algún momento transportaron galletas, papel “tualé” y cloro, y que pronto serán llenadas con jeans, medias y pantaletas con destino al país donde está Mickey. Aunque, con la fulana globalización, ya Mickey y Dios son la misma vaina, pues ambos están en todas partes, así que no hay que buscarlos en algún lugar específico.

El dilema ahora es: ¿Me voy o me quedo? La verdad es que no sé qué hacer, aunque creo que me voy.

Razones para irme
Me voy porque estoy cansada de que la verruga de Chávez me interrumpa las novelas y a su vez, estoy harta de mi condición de tercermundista, de andar pelando y no poder tener televisión por cable.

En gringolandia eso no será problema, pues la serie que me gusta, la de las brujas, que allá llaman “Charmed” y la de los muertos, que allá la mientan “CSI”, son el Se Solicita Príncipe Azul y el Amor a Palos de allá, así que las veré sin pagar nada extra y sin que de un momento a otro la bandera de Venezuela salga detrás de Evo mientras él, con su cara muy lavada, pregunta si le vamos a dar 30 millones de dólares mensuales.

Me voy porque persigo el sueño americano: enfundarme en una minifalda negra y sentarme para darle picón a Bush, a ver si la pego y me lo levanto. Total, si Letizia pudo, yo también, y mi hija se llamaría Elinor, ya saben, con el nombre en inglés porque sería gringa.

Además, en Norteamérica aprenderé inglés y por fin podré entender por qué carrizo todo el mundo alzaba los brazos a un lado y otro cuando estaba de moda la canción aquella que decía algo como “Falou de lidar, lidar, lidar… falou de lidar…”

Por si eso fuera poco, si me voy, tendré dólares sin jalar mecate en las oficinas de Cadivi, Recado, y las que vengan en el mismo plan.

Y es que allá comer en Mc. Donalds será como ir a una arepera cualquiera. Ya no tendré que esperar a mi cumpleaños para darme un atracón de hamburguesa, papas fritas, refresco y un sundae sin topping, porque si no me sale como en 500 bolos más.

¿Y si no me voy?
Claro que, pensándolo bien, mejor me quedo. Me quedo porque este país es único. Por ejemplo, no existe un Ken de Bush, pero sí uno de Chávez, y sería muy triste privar a mis hijas del privilegio de jugar con un muñeco que evoque al Presidente. Además, no me perdería por nada del mundo ver, cuando la “primera niña” sea grande y asuma el poder y salga entonces la Barbie Rosinés, como la inocencia infantil hace a los habitantes de La Casona protagonistas de las más incestuosas relaciones, al entramparlos, sin considerar el verdadero parentesco, en la legendaria y romántica afinidad entre Barbie y Ken.

Por si eso fuera poco, si me quedo podré seguir comiendo arepas de maíz amarillo con queso guayanés que son, por decirlo de algún modo, las hamburguesas de nuestra patria.

Y es que sobran razones para que yo me quede en Venezuela, como el placer de adentrarme en el subpaís que es Maracaibo, tan curioso y ameno que ni el refresco aquel, que viene siendo la versión yanqui del guarapo e´papelón, resistió la tentación de dotar a sus limones de un retazo de las particularidades marabinas para su campaña. Si me quedo, aprenderé exactamente qué es un “cicutillo”, un “guayamol”, o por qué el zuliano del quiosco me dice “puchunguita”.

Además, oiré mezclas musicales únicas, como los remixes venezolanos que consisten en El Carrao e´Palmarito en ritmo de reggaeton, o el “Caracha, negro” de Simón Díaz como adorno de un vallenato malísimo, mezclado con rock y un poco del merengue “popero” de Omar Enrique.

¿Faltan razones? De acuerdo, entonces que me digan qué ciudad tiene un tráfico tan espantoso como Caracas, y qué periodista gringo vive encaramado en un helicóptero, como lo hace Alejandro Cañizales, el de Traffic Center, para decir dónde hubo un típico conductor venezolano, que por comerse una luz y darle paso a una doña, hizo una maniobra chimba, se estrelló contra una gandola, tumbó el semáforo y lo único que tiene forma definida en medio del despelote, es la doña que, como típica peatona venezolana, no pasó cuando le cedieron el paso, pues prefería esperar algún momento de gloria, alguna ocasión especial para lanzarse a cruzar la calle cuando todos los carros viniesen “como corcho e´limonada” y así, como típica asegurada venezolana, sacarle provecho a la póliza que paga todos los meses, y que no aprovecha por culpa de su desventurado exceso de salud.

Y es que esto de ser “típicos venezolanos” es también un caos hermoso. No hay paloma mejor pintada, ni mentada de madre mejor proferida que la de un venezolano. Y es que la virilidad y las progenitoras nuestras parecen ser más motivadoras que las del resto del mundo.

Yo me quedo en Venezuela, porque sólo aquí podemos sentir la emoción de tomar café con susto, porque está escaso y el “cuartito” se está acabando. Y asimismo, sólo aquí se vive la emoción de ir a las 5 de la mañana al Mercado de Quinta Crespo a acaparar Harina Pan.

La decisión
Me quedo, es definitivo. No hay una razón verdaderamente valiosa para irme, pero si me quedo, tal vez hasta me meta en la onda de las invasiones y termine adueñándome hasta del Sambil.

Me quedo, sin más discusión, porque aquí puedo estar en cualquiera de las torres de Parque Central rezando para que no se caigan por las filtraciones, pero tranquila por saber que Alejandro Cañizales, sí, el periodista del helicóptero, no tiene la intención de desportillar su nave contra una de nuestras torres gemelas, porque hasta en eso podemos decir que no tenemos nada que envidiarle al Norte: nosotros también tenemos dos torres igualitas; es más, y aunque suene cruel, nosotros sí las tenemos.

Y como no es seguro que con la falda me levante a Bush, que tenga tiempo de ver la serie de las brujas, que aprenda inglés, coma en Mc. Donalds y muchísimo menos que tenga dólares; pero sí es innegable que me quiero quedar, ofrezco mis cajas, las que me regaló el portu, para que alguien más se mude, pa´que otro vaya a ver a Mickey.